CRÓNICA DE MI DESNUDEZ
Karla Barrios Rodríguez.
Dime, y olvidaré. Muéstrame, y tal vez no recuerde. Involúcrame y comprenderé.
Refrán nativo estadounidense.
Desde que supe que Spencer Tunick vendría México a tomar fotografías me llené de sorpresa, inquietud y expectativas, sin embargo andaba yo trajinada con mis cosas y dejé pasar el registro. El viernes 04 de mayo me sentí algo triste pues había escuchado que se habían cerrado las inscripciones, sabía que me perdía de un evento único –al menos en ese momento-, sabía que parte de mi postergar la inscripción provenía de mi miedo, mi miedo a lo desconocido, a lo nuevo, a no tener un referente previo, sin embargo, por la tarde recibí un mensaje en mi celular de mi papá preguntando si iría, le respondí que tenía ganas pero que no había realizado mi registro. Me contestó que aun podía hacerlo y me llené de emoción, sentí hormigueo y explosión en mi cuerpo, de inmediato le envié un mensaje a mi pareja diciéndole que quería ir, y a partir de ese momento me sentí excitada, ansiosa…me decía: “algo bueno hay para mí en esta experiencia, algo he de aprender de mí”, llegué a casa, realicé las indagaciones necesarias para inscribirme, mi pareja dijo: yo también voy (creo que más en una cuestión solidaria que en un acto de convicción), le pregunté si verdaderamente quería hacerlo y me contestó que sí.
Entré al sitió en Internet, llené los formularios mientras me surgían ideas, pensamientos, emociones y a partir de ese momento la excitación en mí fue aumentando. Yo preguntaba a cuanta persona veía si asistirían, hubo respuestas variadas me di cuenta que para mí estaba siendo muy importante, “si me desnudo afuera, me desnudo adentro”.
El domingo por la madrugada me sorprendí de darme cuenta que a pesar de mi cansancio y de haber dormido sólo una hora pude levantarme prontamente, habíamos quedado de ver a mi papá y a tres amig@s y compañer@s a una calle de la casa, me asomé por la ventana antes de salir y el auto de mi papá estaba afuera y lo vi como un niño, emocionado, como si fuera a un parque de diversiones ansiadamente esperado, largamente prometido, me sentí alegre y bajé casi corriendo y apurando a mi pareja, yo estaba ansiosa.
Durante el trayecto hacia el zócalo escuchábamos música y hablábamos del tránsito vehicular y preguntábamos si era por el evento, por momentos nos manteníamos en silencio, mi percepción era que estábamos en nuestro mundo interno y que salíamos un poco a compartirlo con l@s demás, al acercarnos a eje central el avance vehicular era muy lento, por fin nos estacionamos y a caminar.
Yo con ansiedad y preguntándome ¿podré hacerlo?, ¿me atreveré a desnudarme?, y mi sorpresa fue ver miles de personas y un gran caos, llegamos a las 4:25 a la fila y de ahí el desconcierto por el avance tan lento, preguntábamos entre nosotr@s si pasaríamos, a las 5:20 de la mañana estábamos aun sin entrar a pocos metros de uno de los accesos, charlábamos con un varón bastante agradable que iba solo, un poco para entretenernos, un poco –supongo- para bajar la incertidumbre y la angustia, comenzamos a avanzar y la gente de logística gritaba y daba indicaciones, me sentí agredida por primera vez, al pasar por el sitio donde se entregaban las hojas me di cuenta que no había supervisión de las personas que entrábamos y sólo me pregunté:¿y si alguna persona viene armada?.
Venía yo rumiando mi enojo por el maltrato que sentí a la entrada cuando vi miles de personas sentadas en el suelo, gritando goyas, me llené de emoción, escuché: un grito de miles de voces: “Goya, Goya, Universidad” y me ericé completa, lo revivo en mí y siento electricidad de mi cabeza hasta mis pies.
Nos asignaron un sitio para estar, nos dieron indicaciones acerca de que debíamos desnudarnos en el sitio asignado, guardaríamos nuestras pertenencias en las bolsas que llevábamos, después de unos minutos en masa se comenzó a mover el grupo en el que estábamos y llegamos al sitio donde se encontraban los sanitarios, y me di cuenta del lío que tenía la gente de logística y me preocupé, pues era evidente para mí, que no podían con lo que estaba sucediendo, estaba eso rebasado.
Finalmente nos acomodamos en un sitio debajo de los arcos, tod@s parad@s, con muy poco espacio entre nosotr@s, y yo en mí, pensando en las personas con las que iba, mi papá decía: “si nos separamos nos vemos en el auto”, me vivía entre mi ansiedad, mi incertidumbre, mi preocupación, los chicos de logística daban indicaciones que no me parecían claras…pasadas de las 6 de la mañana veíamos que casi amanecía y se comenzó a escuchar malamente el sonido donde Tunick hablaba y una mala traducción informaba, aunque en donde nos encontrábamos no entendíamos lo que se decía, opté por no preocuparme de eso y de más bien seguir lo que la gente hacía, al mismo tiempo mi pareja me preguntaba la pertinencia de dejar la cartera en nuestras pertenencias o llevarla, le dije que como quisiera, en ese momento lo que menos me importaba era la cartera con 100 pesos, o mi celular.
Comenzó la gente a quitarse las prendas que eran innecesarias, me quité los huaraches, mientras veía que mi pareja ya se había quitado el pantalón, sentí miedo y le dije:”aun no dan la indicación”, me respondió: “así es más fácil”, en eso se escuchó: “nacked” y yo ya me botaba el pantalón de pants y la sudadera, eran las únicas prendas que llevaba. Comencé a ver a las personas desnudas, los bultos en el piso con las pertenencias de tod@s nosotr@s y yo atendía el no maltratar las pertenencias, el sujetar a mi pareja con mi mano derecha y a uno de mis compañeros con mi mano izquierda, mientras avanzábamos hacia la plancha dejé de pensar y sentí mis pies descalzos en el asfalto, disfrutando mi sensación, y me sentí libre, sentí frío, y mi pareja me jalaba y yo le decía: “tengo a l@s demás atrás, no corras”, me soltó mi mano y vi como corría, como si hubiera regresado a su infancia, con gracia, con soltura, muy en su vivencia, comenzamos a acomodarnos en la plancha, una persona por cuadro, veía cuerpos, hombres y mujeres, sentía el frío en mi cuerpo completamente desnudo, yo estaba completamente desnuda, estaba al pendiente de mí, veía a las personas y me di cuenta que no estaba preocupada por mi desnudez y que no estaba criticándome, me alegré, cuando había acomodo y se nos pidió la primer posición (de pie mirando al frente), miré la cabeza de mi papá que estaba justo delante de mí, y lo vi humano, lo vi lleno de vida, disfrutando como creo que jamás lo había visto, lo vi entero y completo, lo conocí tan hermoso y me llené de gozo y me di las gracias de darme la oportunidad de compartirlo con él, me di las gracias por permitirme vivirlo, y vi cientos o miles de cabezas, cuellos, hombros, espaldas, con diferentes tamaños, formas, colores, texturas, con características diferentes, y me sentí grande, me sentí libre, me sentí viva y me dije: “esto es la humanidad”.
Escuchábamos “ahora el saludo mexicano” (el saludo a la bandera) y noté que no había bandera, y me di cuenta que no necesitaba que estuviera ahí, que ese pedazo de tela no tenía que ver con mi sentirme orgullosa de mi identidad, que era parte de mí, y que no me podía ser arrebatado de ninguna manera. Pasamos a la siguiente posición (acostad@s boca arriba), miré a mi papá como chamaco tirándose al piso y diciendo ”está frío” con una gran sonrisa en la cara, sin reparo de la tierra, sin cuidarse de ensuciarse, como niño que disfruta jugando en el lodo; me senté y al colocar completamente mi cuerpo en el piso solté un grito del frío que sentía en mi espalda, no me lo aguanté, sólo lo viví, sentí como fui dejando caer todo mi peso en el piso, y respiré para sentir, levanté mi cabeza y miré el mar de cuerpos, un mar de cuerpos con el que pensé momentáneamente en la muerte y después en la vida, me dije: “vale la pena, viví la muerte y la vida al mismo tiempo, estamos viv@s y estamos respirando”, sentí, hermandad, acompañamiento, solidaridad, respeto, igualdad, equidad, “esto es la libertad” y me quedé mirando al cielo un cielo azul grisáceo, y comencé a distinguir unas pequeñas partículas, eran esferas transparentes con un punto blanco en el centro, era como si el tiempo se hiciera lento, y sintiendo la cercanía de las personas, el cielo azul, sintiendo ese silencio de paz, lo único que sentí fue la presencia de dios: “esto es dios, nosotr@s somos dios, esto es vivir, no más”.
Llegamos a la tercer posición (casi fetal) y era curioso, los hombres mayoritariamente comenzaron a decir muchas cosas chuscas, pensé en lo difícil que era para ellos estar expuestos de este modo, y me di cuenta que no necesitaba estar de rodillas para sentir a dios, que podía protegerme en esa posición y que así lo hacía en mi vida cotidiana, me di cuenta de mi pequeñez, de mi fragilidad, ocupaba tan solo la mitad de un cuadro, me di cuenta como me hago pequeña para protegerme, para cuidarme, y me quedé conmigo y con mi dios, miré por entre mis muslos a dos chicos que estaban detrás de mí que se movían constantemente, levantaban la cabeza, se acostaban, bajaban nuevamente la cabeza –creo que era difícil para ellos-, los entendí, y respeté lo que vivían, los sentí humanos, los sentí frágiles, los sentí iguales a mí, y desde mi corazón los abracé. Me quedé conmigo y me di cuenta que no me gusta sentirme en esa posición como único recurso, prefiero que sea mi elección el acurrucarme, el estar de rodillas, el estar expuesta, el estar agachada, y que continuamente lo hago, -más frecuentemente- por creer que no tengo opción.
arecía que habíamos terminado cuando comenzamos a caminar por 20 de noviembre, y nuestros cuerpos comenzaron a tocarse, a sentirse, a rozarse, me sentí libre, plena, segura, en ese momento recobré mi fe en la humanidad, me llené de esperanza, y me dije “otro mundo es posible, otra forma de relación es posible, esto somos l@s human@s, no hay diferencias y sí las hay, tan iguales, tan diferentes, hombres y mujeres somos la misma vaina, somos iguales, y lo vivía desde mi corazón y supe que nunca antes me había vivido así”, me sentí empoderada, apropiada de mí y de mi vida, me sentí natural, sin máscaras, y percibí a l@s demás de igual modo, transparentes, brillantes, perfect@s.
Pidieron que levantáramos la mano izquierda y me percaté que eso era un acto libertario, un acto de amor, un acto de entrega y de oposición a lo rígido, a lo duro, a lo no natural.
Vi a unos polis a lo lejos que tenían expresión perpleja y solo supe desde mi corazón que se estaban perdiendo de algo maravilloso, que se negaban y decidían quedarse en sus cadenas, mientras que yo me había liberado desde el momento en que me di la oportunidad de estar ahí, me quité la cadena que yo me había puesto…
Casi al llegar de regreso a la plancha íbamos en nuestro grupo haciendo bromas acerca de la ropa, muy camaradas, sin más encima que la hermosa y plena vivencia de ese día cuando escuchamos que se iba a realizar una fotografía más de las mujeres, se pidió que los hombres se fueran a vestir, tomé a mi pareja de la mano derecha y con mi mano izquierda a otra compañera que llevaba en su otra mano a otra más, caminamos hacia el asta bandera, me sentía fuerte, segura, confiada, todo era bello, todo era seguro, y me encanté sintiendo a las demás mujeres, me di cuenta que no dejábamos espacio entre nosotras, con mayor cuidado, me sentí cuidada, y me percaté que estaba al pendiente de las otras mujeres, mi pareja estaba radiante, ligera, hermosa, con la libertad, con la soltura que yo no conocía de ella, y comenzamos a gritar: “aborto sí, aborto no, esa es mi decisión”, y me sentí tan grande, tan segura, tan consciente, tan parte de esas mujeres y ellas tan parte de mí.
Pasaron muchos minutos, y eso era un caos, vimos esto y comenzamos entre nosotras a cuestionarnos si permanecer o retirarnos, en ese momento, vimos a una compañera y nos abrazamos –supongo que es el abrazo de mayor contacto que nos habíamos dado-, y reímos, sin embargo al ver lo caótico ella se despidió, me dijo: “yo ya me voy, se cuidan”.
En ese momento algo para mí estaba distinto, y la escena que observé era impactante, esta escena -que no creo y no quiero olvidar-, era un muro, una muralla de hombres vestidos que avanzaban hacia nosotras, una muralla que atravesaba el ancho de la plaza y que nos rodeaba, estos hombres que estaban vestidos, que dejaron de ser iguales, que se convirtieron en los otros, los de arriba, se quebró la humanidad, y volvimos a ser mujeres y hombres, dejamos de ser cómplices, y me aterré de pensar en esta compañera caminando hacia la muralla, yo junto con mi pareja y mis dos amigas comenzamos a caminar igual hacia esa muralla, sentí miedo, sentí terror, no sabía cómo atravesar la muralla masculina, sin embargo pensé: ”soy libre y puedo pasar por donde quiera, no tienen derecho a lastimarnos”, sin embargo la herida ya estaba hecha, una de nosotras dijo:”yo no me siento segura, mejor vayamos con las demás”, como mujer me di cuenta que me validaba con eso que ella decía, que aunque mi cabeza decía un discurso, mi cuerpo me gritaba, que yo toda temblaba, que sentía el miedo recorriéndome, que me sentía humillada y violentada, nos acercamos hacia las demás mujeres y el espectáculo era dantesco: varias mujeres corrían en el mismo espacio de un lado a otro, en círculos, mientras le gritaban a Tunick que se fueran, que ellos ya estaban vestidos, que tenían celulares, que nos tomaban fotos, yo no sabía, no lograba acomodarme, sin embargo me sentía segura con ellas, con estas mujeres que sabían, que yo entendía no solo el mensaje dicho, sino el sentimiento de las palabras y el sentido de los cuerpos, los cuerpos, cuerpos de mujeres que me acogieron, me cubrieron, protegieron, quería que la foto ya fuera tomada y salir juntas de ahí, la posición solicitada era: todas acostadas lateralmente, unas mirando hacia Palacio Nacional, otras mirando el lado contrario, terminamos –más por estar juntas y protegernos- unas sobre otras, ya no queríamos posar – la mayoría creo que queríamos salir todas juntas de ese lugar-, con los ojos cerrados y sin sonreír, mi pareja gritaba: “las mujeres no nos callamos, las mujeres sonreímos, las mujeres ya no nos agachamos”, sin embargo, muchas lo hicimos en ese momento (mi pareja no lo hizo así), para sobrevivir, para salir, para acompañarnos, y buscábamos perdernos entre los cuerpos de las otras, mientras nos cuidábamos todas, y paradójicamente viví el cielo y el infierno en ese momento, por un lado el miedo, el querer irme, el sentirme violentada, el darme cuenta que nuevamente, como cada día de mi vida me viví maltratada, imaginariamente sentía la bota masculina pisándome toda, y por el otro sentí la solidaridad, el acompañamiento, la protección, el cuidado, y la empatía de las otras, de aquellas de cabellos canos, rubios, negros, castaños, teñidos, de cuerpos color chocolate, amarillo, lechoso, barro, de aquellas con cicatrices no sólo físicas, sino esa herida colectiva que como mujeres conocemos, que tenemos desde cada agresión vivida durante nuestras vidas, pensé en las mujeres de Atenco, Oaxaca, Ciudad Juárez, etc, mujeres como carne de cañón, pensé en todas aquellas mujeres que han sido violentadas de una u otra forma, pensé en mi fragilidad, al tiempo que nuestros cuerpos se tocaban como contención, como abrazo protector, amoroso, el olor dulce y suave, y las disculpas: “perdón, tengo que mover mi rodilla”, “¿te lastimé?”, “apóyate aquí”, “no, no me lastimas”, “acomódate”, yo estaba incómoda, recargaba solo una parte de mi cuerpo para no lastimar a las otras y me di cuenta que con una de mis manos me oponía a estar completamente tirada sobre el suelo, caí en cuenta que pese a nuestros reclamos Tunick no escuchó, y no escuchó tal vez por que no entendía, no por el idioma (algunas chicas le hablaron en inglés) sino por tres elementos: 1)él no estaba desnudo, 2) por ser varón y no tener nuestros referentes, 3) él sólo estaba ahí para tomar sus fotos. Terminaron las fotos y todas ya queríamos irnos, y saldríamos juntas, poco a poco nos ayudamos unas a otras a levantarnos del piso y comenzamos a caminar, tardíamente, se acercaron en un cerco las personas encargadas de logística, intentaban llevarnos por una “salida”, nuestras cosas estaban en el lado opuesto a donde nos querían llevar, mi pareja le gritó a una chava explicándole que nuestras cosas estaban allá y la chava sólo contestó: “es lo que nos dijeron que hiciéramos”, mi pareja y quienes veníamos juntas rompimos el cerco, al caminar hacia esos hombres veníamos desencajadas, sabíamos que no todos habían sido agresivos, que muchos estaban al pendiente de sus compañeras, creo que algunos querían abrazarnos como diciendo: “te entiendo, no quiero dañarte, sigo siendo el mismo con el que caminaste hace unos momentos, soy aquél que es igual a ti” y solo comencé a escuchar los aplausos de muchos hombres, sin embargo aunque sé desde mi ser que algunos fueron los violentos, el impacto causado en mi, -ya sea por la participación o por la omisión de estos hombres- fue de violencia, me sentí violada, y fue así por el simple hecho de que ellos ya estaban vestidos, y porque nadie impidió que nos tomaran las fotos, ni siquiera entre ellos mismos hicieron algo para generar la hermandad, la solidaridad, la equidad, la magia que había vivido en donde todo era perfecto… se quebró, se manchó, se violentó, regresé al sitio de las relaciones de poder, llegamos por nuestras cosas y nos vestimos rapidísimo, nuestros compañeros no entendían lo que decíamos, no desde el corazón.
Sí, me desnudé, me desnudé afuera y me desnudé internamente, sintiendo mi miedo y mi dicha, mi gozo y enojo, mi fortaleza y mi debilidad, yo etérea y cuerpo a la vez, yo sentimiento y razón, sólo me desnudé y quedé así, con lo que soy.
Me di cuenta de todo esto por la tarde mientras hablaba con mi pareja, he llorado mucho, me di cuenta que necesitaba limpiarme, me sentí realmente violada, he vivido una de las experiencias más hermosas y más dolorosas de mi vida, sé que me quedo con todo, sé que efectivamente esta experiencia me servirá, sé también que las relaciones igualitarias, equitativas, respetuosas, son posibles, sé que hombres y mujeres no nacemos así, sino que nos construimos, sé que podemos transformarnos, solo me duelo ahora pues mi herida volvió a abrirse, sé que después de esto, no pararé en mi trabajo personal y profesional para generar un clima armonioso, amoroso y protector, sé que hace falta mucho trabajo, de mujeres y de hombres, sé de la importancia de nuevas construcciones, de construcciones verdaderamente libres, y respetuosas. Me agradezco el haber ido, doy gracias a mi gente que me acompañó, doy gracias a las mujeres que me contuvieron y enseñaron, doy gracias a los varones que se percataron y que entendieron, me doy gracias de permitirme lo placentero y lo displacentero, hoy sé que estoy viva y que vale la pena vivir.
Me quedo solo con la frase de Jean- Paul Sartre “La libertad es lo que uno hace con lo que le han hecho”, y mi libertad hoy es vivir, revolucionarme y construir.
CRÓNICA DE UN DESNUDO ANUNCIADO
O COMO DECÍA MI ABUELA: COMO ME VISTE, TE VI.
Misael Rojas Salinas
El pasado domingo 6 de mayo, muy temprano por la madrugada, nos dirigimos al zócalo un grupo de amigas y amigos dispuestos a participar en la fotografía al desnudo a la cual habría convocado el fotógrafo neoyorkino Spencer Tunick. Se trataba de algo sin precedentes en nuestro país y sin duda algo que quedaría marcado en la historia contemporánea de México; y simplemente era algo de lo que no nos queríamos perder, no sólo siendo testigos de tal hecho, sino siendo partícipes de las fotografías tomadas por el famoso estadounidense.
Llegamos aproximadamente al centro histórico a las 4:20 horas del día mencionado. Desde que llegamos observamos gran cantidad de gente que tenía el mismo objetivo que nosotr@s. Tuvimos que formarnos en una larga fila para tener acceso a la Plaza de la Constitución, que es donde se iba a llevar a cabo tan singular evento. Desde ese momento ya se daban señales de lo que sería el encuentro de todas estas personas en el Zócalo. Se respiraba un ambiente de seguridad y confianza. Cada persona iba por un motivo diferente, y con un mismo objetivo general; posar desnudos para una obra de arte. Poco después de pasar aproximadamente 40 minutos formados, nos fue posible acceder a la zona que se hallaba restringida para las personas que no fueran a participar. A nuestra llegada ya había una cantidad considerable de personas que se encontraban, de manera ordenada sentadas en el pavimento. Por momentos parecía que nos encontrábamos ante una desorganización tal, que no sabíamos que es lo que iba a pasar, dónde acomodarnos, que hacer. Hacían falta instrucciones claras y precisas. Fue un momento de incertidumbre, a pesar del nerviosismo aumentado, ya que pronto iba a amanecer y nos encontrábamos en una carrera contra la salida del sol, no se perdieron los estribos, al contrario se guardo la calma y entre “goyas”, gritos de “México, México”; y “sí se puede”; intercalados con una que otra broma para romper la tensión, se logro pasar la espera más amenamente y con más tranquilidad. Cabe mencionar que en ningún momento se hacían bromas que afectarán susceptibilidades ni que fueran ofensivas para nadie. Todo el evento estuvo rodeado de una atmósfera de respeto, amabilidad, compañerismo, acompañamiento, cuidado, seguridad y confianza.
Entre más pasaba el tiempo el nerviosismo se hacía más evidente, entre otras razones por la ansiedad y necesidad de despojarnos de la ropa. Entre las indicaciones, que por cierto no se escuchaban bien por las bocinas, que nos decían que ya se acercaba la hora de quitarnos la ropa, nos decían que tratáramos de hacerlo rápido y por el momento quedarnos con lo mínimo indispensable. Algunas personas en ese momento se quedaron sin camisa, y yo como vi que ya lo estaban haciendo, decidí quedarme sólo con la truza. Me di cuenta que otras personas hacían lo mismo, y en el momento que se nos dio la indicación que nos quedáramos en traje de Adán y Eva, todas las personas entramos en un estado en el cual el nerviosismo, la angustia y la intranquilidad desaparecieron para dar paso a una experiencia que seguramente para las personas que tuvimos la oportunidad de participar, será algo inolvidable, por lo maravilloso del evento.
Ya desnudos y desnudas pasamos a formarnos en la plancha del Zócalo para la posición de la primera toma, la cual era de pie. Era impresionante ver tantos cuerpos desnudos, todos y todas en las mismas condiciones, mostrándonos sin máscaras, sin tapujos, tal cual somos, sin pudores ni vergüenzas, las cuales se quedaron en las bolsas junto con la ropa que nos quitamos. Al dar aviso que la toma ya se había hecho, todas las personas que ahí estábamos rompimos en un gran grito de satisfacción. El frío que se dejaba ver de repente no hizo mella en alguna persona, había más calor humano y eso era como un campo protector. Luego en una toma llena de patriotismo hicimos un saludo a la bandera físicamente inexistente, pero presente en nuestros corazones, ya que fue un momento que por lo menos yo, me sentí muy mexicano y orgulloso de pertenecer a esta raza de bronce.
Para la segunda toma teníamos que acostarnos sobre el piso y dirigir la cabeza hacia el hasta bandera, el mosaico de cuerpos y tonos de piel diferentes que se observó por unos momentos fue verdaderamente impresionante, el darnos cuenta de la diversidad del que todos y todas somos parte y al mismo tiempo de la equidad en la nos encontrábamos.
La posición en genuflexión, es decir en el suelo hechos conchita o bolita, sin duda fue la más incómoda, pero también muy interesante, ya que la dirección de la cabeza era hacia la catedral en una especie de reverencia irónica a todo lo que esto representa. Por supuesto que no faltaron los gritos y las consignas hacia Norberto Rivera, que dicho sea de paso dijo que no le intereso este evento, claro tal ves porque no había ningún niño desnudo. Además dijo que no se le cayo ninguna piedra la catedral, ojalá nunca se le caiga nada; creo que estas declaraciones fueron lo menos peor que pudo haber dicho este singular personaje porque a la catedral no se le cae nada, pero cada que habla Norberto se le cae una parte más, de su ya de por sí frágil dignidad.
Terminando la tercera posición se nos dio la indicación de caminar sobre la calle 20 de noviembre, se escucharon gritos de “voto por voto, casilla por casilla” se suponía que no era un evento político, ja ja, estábamos en el D. F.; al caminar sobre el pavimento había en las actitudes de todas las personas una sensación de libertad, algunos caminaron solos, otros en pareja, algunos más lo hicimos tomados de la mano con el grupo con el que íbamos. Éramos libres, éramos únicos, éramos dignos, éramos felices... y lo seguiremos siendo a pesar de lo que se diga.
La última toma se hizo sólo con las mujeres, y por si existía duda si esto ya se había convertido en un acto subversivo, las mujeres, libres como eran en ese momento, gritando “Aborto sí, aborto no; yo tomo la decisión”, dirigiéndose hacia la catedral. Un momento maravilloso de responsabilidad entendida.
Hubo en esta última toma algo que incomodo a muchas mujeres y nos pareció mal a algunos hombres, el hecho de que los varones ya se encontraban vestidos y las mujeres desnudas, ya no nos encontrábamos en igualdad de circunstancias, en este momento se perdió un tanto el control de parte de los organizadores. Afortunadamente se pudo hacer algo para tratar de proteger a las mujeres, aunque estoy seguro que la incomodidad de este hecho sigue presente en algunas mujeres. Al final cuando ellas pasaron a poseer de nuevo sus ropas les dimos un aplauso bien merecido y de alguna manera una forma de empatía.
A pesar de esto creo que no eclipsó la experiencia maravillosa que vivimos los que nos dimos la oportunidad de estar en este hecho histórico, liberador de no sólo de nuestros cuerpos, sino de nuestra esencia más íntima.
El encuentro de los cuerpos
Liliana Mondragón Henrández
Al enterarme de la llegada de Spencer Tunick a México, me coqueteo la idea de participar en este gran evento, sin embargo la vergüenza pudo más en ese momento y decidí no participar, no obstante, al ver que uno de mis amigos se animó y a la vez otros y otras más también, decidí de ultimo momento participar.
Al llegar al Zócalo, cerca de las 4:30am, los nervios y un hueco en el estomago crecían cada vez que daba un paso para llegar a la gran aventura, mi cabeza producía ideas y recuerdos a gran velocidad, yo ya deseaba que pasara todo, sin embargo cuando ya estábamos dentro y nos dieron las primeras indicaciones, la emoción de hacer esto, fue acabando con la vergüenza y más aún cuando volteaba a cualquier lado, lo único que recibía era una sonrisa y mucha confianza, así que decidí no hacer caso de las indicaciones y tome la decisión de desnudarme en ese momento, al verme, otros y otras comenzaron a hacerlo, cuando guarde la ropa dentro de la bolsa, junto con ella guarde la vergüenza y todos esos recuerdos y con el aire que tocaba mi piel me cargaba de entusiasmo y libertad.
Al rodearme de todas aquellas personas, veía todos aquellos cuerpos, de todos colores, formas y tamaños que sólo se mostraban sin inhibiciones y con gran orgullo, de pronto vi y admire el mío con tanto amor y respeto que me sirvió para encontrarme, aceptarme y respetarme. Conforme pasaba el tiempo, los cuerpos desprendían olores los mas agradables que me pude imaginar, y el aire se encargaba de llevar ese aroma y mezclarlo entre todos y todas las asistentes.
No cabe duda que cuando admiramos nuestro cuerpo, podemos admirar al de los demás sin agredir, solo destacar la belleza que somos y eso fue algo que pude experimentar con esta experiencia que ha dejado una gran huella en mi vida.
“Una mañana de domingo en el Zócalo”
(Hacía varias semanas mi pareja me había comentado su deseo de ser parte del desnudo masivo al que Tunick convocaría, a lo que yo le comente mi desacuerdo, argumentando, en primera instancia que me resultaba aberrante posar sin un pago de por medio y contribuir a que éste “gringo” rellenará su cartera; por otro lado, me resultaba completamente riesgoso el que ella se expusiera de ese modo ante una sociedad poco informada donde seguramente no faltarían los abusos por parte de los varones y sí sobraría el silencio de las mujeres…una tercera razón no la amplié solo le dije “no estoy preparada para saberte desnuda entre tantos cuerpos”- (¿y si se le antojaba alguno?)-
Un día antes nos enteramos que la hermosa Selma participaría, ambas –creo-, nos recriminamos por no estar inscritas -y bueno en mi pareja era normal, ella deseaba ir- sin embargo yo, ahí estaba sintiendo que esa mujer me estaba mostrando la naturalidad de éste acto….y algo comenzó a inquietarme. Más tarde, mi pareja me comentó que iría con su papá (sólo eso me faltaba, tener que ir de guarura de mi mujer, lucir un cuerpo celulítico y lleno de grasa, conocer a mi suegro como no deseaba conocerlo y lo peor que él me viera en “pelotas”). Me apunte y dije yo voy, ni modo “¿quién si no yo, cuidaría de mi kali?”, además, para mí -por supuesto- sería un acto político, yo le daría ese sentido y ahí estaba yo, domingo 04:30 llegando al Zócalo “una mañana de domingo en el Zócalo”, en compañía de mi Kali, mi suegro, dos amig@s y una amiga de mis acompañantes; intolerada por la actitud de apañe de mis congéneres mexicanos, -¡¡ah México caramba!!, si tu gente no se agandallara, claro, no sería tu gente-, preocupada porque pronto advertí la falta de control y organización del evento y por supuesto refunfuñando; cuando por fin cruzamos los retenes, me sentí aliviada aunque mi preocupación creció – nadie nos había revisado, cualquiera podía haber introducido un arma -.
Los “goyas” en mis oídos y en mi corazón hicieron su tarea, me fui sintiendo en casa, entre amig@s –si habemos tant@s “pumas” nosotr@s lo manejaremos- (lo cuál fue así); ansiosa junto a mi pareja y con mis amig@s recibí las confusas indicaciones, comencé a cuestionarme la pertinencia de abandonar mi cartera junto con mi ropa, teniendo la alta sospecha de que a nuestro regreso ya no habría pertenencias (bueno es que yo vi que habían policías por ahí y no pude evitar la natural desconfianza); antes que de escuchar el “necked” yo ya me encontraba ansiosa sin zapatos y sin pants, mi hermosa mujer me decía que “aún no” cuando por fin se escucho un “ya” entre la gente guarde la chamarra tome de la mano a mi mujer y comenzamos a caminar, al salir de la zona de arcos y pisar el arroyo vehicular y al ver tantos hermosos cuerpos desnudos a mi lado, adelante, atrás, caminando, corriendo hacia la plancha, sentí entonces como si hubiesen abierto las celdas de una gran cárcel y yo ahí con tod@s festejábamos la libertad -al menos yo lo hacia- deseaba correr, respirarme toda esa bella escena, abrazar a cuant@s me encontrará y veía a mi kali tan hermosa en su mirada había regocijo; por cuestiones de acomodo quede a unos cinco cuerpos de mi mujer, entre mis amig@s, se desocupo un lugar junto a ella, me llamo y decidí quedarme donde estaba, la vi y supe, sentí, viví, la verdad mas hermosa hasta ese momento –“ella no era mía, no me pertenecía, ella es de ella y de todos y de quién quiera ser, es mía porque la hago mía, como a toda esa masa, como todo el momento, como todo lo que abrazo y me guardo, como yo lo soy cuando decido serlo”-. Cuando cruzamos la mirada mi suegro y yo, nos vimos con mucho gusto, al menos eso sentí yo, lo vi humano, lindo, lleno de contento y no repare en que estábamos desnudos, con mis amigos fue igual, estaban ahí hermos@s como tod@s l@s demás, alcancé a ver a dos chavas conocidas con quiénes he compartido actos de protesta y me dio mucho gusto compartir esto también.
Estar ahí entre tod@s, siendo una mas dentro de toda esa humanidad wow, de verdad que maravillosa experiencia, acostada pude advertir la presencia de unas partículas extrañas flotando detenidas sobre el ambiente en eso sentí, pensé, viví –esto es dios, aquí esta- respire profundo y la sensación de plenitud, libertad, perfección, amor era tan grande que aun la traigo. Cosa curiosa nunca participo del chiste colectivo por juzgarlo de “borreg@s” y “tontit@s”, así como tampoco sonrío en las fotos y aunque Tunick pedía seriedad yo no podía quitar esa sonrisa que se me había dibujado, como tampoco pude evitar gritar en la tercera posición “cuidado por ahí anda Perverto” o “vamos a misa”. Terminadas las tomas acordadas comenzamos a caminar sobre 20 de noviembre, los cuerpos diferentes rozaban con mi cuerpo, no había molestia en mi, nos vi a la multitud caminando, como si fuésemos “una gran manada humana nómada en busca de un mejor lugar para vivir” y advertí que esa era la humanidad perfecta, así, eso era lo natural y por un momento sentí y vi y supe que “otro mundo era posible, que eso era equidad” wow, de verdad wow.
Por otro lado con gran gozo vi que al menos ese México que ahí estábamos, llevábamos con nosotr@s las heridas y las cicatrices y que era real “tantos agravios no se olvidan”.
Cuando regresábamos tranquilamente caminando, escuchamos que habría unas tomas solo para las mujeres a lo que dijimos “si” claro que si”; que experiencia! Tantas mujeres empoderadas juntas, el olor y el ambiente era otro mas suave y ahí yo, junto con todas las otras o casi todas caminando hacía catedral gritando “aborto si aborto no, esa es mi decisión” “ni una muerta mas” y “presos políticos libertad” –que maravilla- nuestros compañeros de manada se estaban retirando, dejándonos el escenario solo a nosotras –hermoso-
Dijera alguien por ahí “el negrito en el arroz”…,para mi “el arroz que se quemo”
Todo era deleite, cuando se nos indicó que las tomas serían en la esquina de la plancha que da a palacio y el GDF, nos dirigíamos hacia allá cuando algunas compañeras advirtieron lo que estaba ocurriendo los hombres nuestros compañeros de aventura, la otra parte y el complemento de esa manada que había encontrado la tierra prometida, que había logrado que otro mundo fuera posible, nuestros congéneres estaban vestidos, nosotras cuatro decidimos ya no participar en la foto e irnos en busca de nuestra ropa y nuestros compañeros, todavía encontramos a una amiga a la que saludamos con un gran abrazo y quien sola emprendía igual que nosotras la retirada; no se si algún día olvide, espero que no, la triste escena de “otra mañana de domingo en el Zócalo”… a unos treinta cuarenta metros se encontraba una gran muralla a todo lo ancho de la plaza, una gran muralla de hombres vestidos avanzando como si de un ejercito se tratara, armados con sus ropas, cámaras y celulares, tomándonos fotos a toda la manada de hembras, alguien dijo por ahí “parecen lobos babeando” –yo así los vi- una de nosotras dijo no sentirse segura y apoyamos su decisión de regresar, ningún sentido exponernos, habría que refugiarnos con las otras mujeres…, de pronto todo fue caos, por un lado esta muralla, por el otro -corriendo como en alguna escena de campo de concentración- agazapadas unas con otras, encorvadas corriendo hacia donde Tunick estaba; tuve miedo, por mi, por mi pareja, por mis amigas, por todas las mujeres que estábamos ahí, temí que a algún hombre se le fuera la onda y comenzara un ataque físico; yo ya no quería posar mas, solo quería salir, todas juntas de ahí, procurarnos de llegar bien, todas a recoger nuestras pertenencias…Tunick pidió que agacháramos la cabeza, no sonriéramos y cerráramos los ojos a lo que yo grite “que las mujeres mexicanas teníamos los ojos abiertos, que sonreíamos y que ya no agachábamos la cabeza” algunas rieron mas por nervios -creo yo-, era evidente que como grupo amenazado estábamos ahí agachadas unas con otras, Que ¿qué podía sacarnos una sonrisa? Y que al menos yo no quería ver ese horrible espectáculo…sí, yo me sentí violentada, acosada, amenazada…si, “otro mundo había sido posible” y hubo dejado de serlo en el momento en que ellos se vistieron…ya no fuimos iguales, la utópica tierra prometida no existía mas, la habíamos conquistado, construido y había sido derruida, depredada por nuestros compañeros, por los que tomaron sus artefactos y los convirtieron en armas y fueron a acosarnos y por los que no hicieron nada para impedirlo. Si, para mi, una clara muestra de la violencia de género que se ejerce día a día…, precedida de mas violencia cuando se desestiman las expresiones de molestia, dolor, horror que muchas como yo, a partir de escuchar a otra (en éste caso mi pareja) nos atrevimos a mostrar.
Aún con todo, me quedo con todo lo que viví, la magia de tocar por un momento la belleza de la humanidad, vivenciar que mi mujer y yo somos parte de ésta; el empoderamiento que viví y adquirí; y el horror de la desigualdad que hay entre hombres y mujeres. Si, para mi, mi dios@ estuvo ahí y me felicito por haberme dado ese regalo; por no haber faltado a esa cita con mi historia y sé que me he comprometido mas conmigo para trabajar en la construcción de ese “otro mundo posible”, que hoy sé porque lo viví, que si es posible.
Mi vivencia de la foto Spencer Tunick
Leticia Vargas Pérez
No conocía mucho del trabajo del fotógrafo pero me resultaba atractiva la experiencia, por lo que, cuando me enteré que vendría a México me inscribí en su página web. Ahí se me solicitó mi peso, mi talla y mi color de piel, incluso tenía unos recuadros con muestras de diferentes tonalidades de epidermis, tenía que elegir la que más se pareciera a la mía. Esta situación me incomodó, ya que significaba un rasgo de discriminación y más en un país como el nuestro, donde no somos blancos precisamente y aunque yo soy un tanto cuanto desteñida no me gustó, sin embargo me registré. La respuesta que prometieron a través de correo electrónico donde me informarían lugar y fecha nunca llegó.
Cuando los medios de comunicación anunciaron la realización del evento y a través de mis colegas me llegó la dirección electrónica, sin duda alguna me inscribí, nuevamente. Deseaba vivir la experiencia multitudinaria de convivencia entre seres humanos, entre personas -sin ningún rasgo distintivo que denotara diferencias, jerarquías o inequidades, como lo es la ropa- simplemente estar piel a piel, de la manera más natural posible.
Tal parece que estaba todo planeado para que asistiera, ya que sin ningún tipo de obstáculo pude llegar con algunos de mis compañeros al Centro Histórico y ser de los primeros. Mientras esperábamos que transcurriera el tiempo –dos largas horas- me di a la tarea de ver a quienes estaban a mi alrededor: Mateo, como de 40 años, de piel blanca, serio, respetuoso y a quien su esposa decidió no acompañar en último momento. Fue más que notoria la presencia de un grupo de varones que hacían demasiado barullo y gritaban tonterías a la menor provocación, tales como “que se encuere”, “pelos”, “tubo, tubo” y cualquier cosa por el estilo para hacerse notar y, en mi opinión, canalizar su ansiedad. Uno de ellos dijo “vayámonos perdiendo el asco”, comentario me suscita diversas preguntas: ¿el asco es hacia quién? ¿hacia las mujeres? ¿hacia los hombres? o ¿hacia si mismo? Quizá su respuesta pueda dar elementos para conocer cuál es su concepción del cuerpo, de la sexualidad y de su relación con otras personas, lamentablemente no le pregunté y la duda sigue.
Aproximadamente a las 6:30 de esa larga madrugada apareció Spencer con las primeras indicaciones y cuando empezó la cuenta 1, 2, 3, mis compañeros, los vecinos y yo parecíamos en competencia para ver quién se desnudaba primero y nos dirigimos a la plancha del Zócalo. Los 22 grados Celsius reportados por el termómetro eran más que irreales y subjetivos en toda mi piel, mientras nos acomodábamos me temblaban las rodillas, mis piernas estaban moradas y toda yo “chinita” de frío, mismo que se acrecentó cuando al recorrernos hacia atrás para la instalación mi lindo cuerpecito se encontró con la corriente de aire proveniente de la bocacalle de 20 de Noviembre. Controlar la respiración me fue permitiendo relajar el cuerpo y disminuir la sensación de la baja temperatura que tenía.
Las personas cercanas a mí, es decir las ubicadas en los cuadros contiguos, eran todos varones y cuando nuestras miradas se cruzaban, sin excepción, mostraban una sonrisa, eso me tranquilizó, me relajó y me permitió fluir en la experiencia y hacerla grata. Para lograr la ubicación deseada hubo necesidad de realizar algunos movimientos: adelante, atrás, nuevamente adelante, etc. lo cual me permitió observar con mayor detenimiento a una buena parte de los seres humanos que me rodeaban y por los cuales yo también era observada. Es maravilloso contemplar cuerpos con tan diversas formas, diferentes curvas y tonalidades de piel, que tan poco se parecen a los de las revistas, que muestran un prototipo tan difícil de cumplir y que, sin embargo son hermosos, estéticos y amables (del verbo te quiero) tan solo porque son los nuestros, tan solo porque es el mío…
Mientras estaba de pie mi campo de visión era limitado, ya que soy bajita de estatura. Cuando pasamos a la posición B, acostados, mientras los 18-20 mil terminábamos de seguirla, me incorporé y el espectáculo no pudo ser más impresionante: el Zócalo estaba tapizado y cubierto del mosaico de la piel más extensa que podía pensarse. Las diferentes tonalidades parecían acomodadas de tal manera estética como planeada por el mejor pintor, experto en el manejo cromático. La posible tensión y el frío que sentí al inicio desparecieron para dar paso a una tranquilidad y a una vivencia de “calor humano” muy difícil de describir, pero muy fácil de disfrutar.
La posición C generó cierta incomodidad, sobre todo en los hombres, quienes hicieron toda clase de comentarios, tales como “¿así? ¿ni siquiera un besito? (como si “un besito” nos diera autorización de hacer con el cuerpo del otro o de la otra lo que nos diera la gana, en fin, ese es otro tema) “si no somos musulmanes cabrón” dijo otra de las voces y muchos a coro cantaban “Spencer, hermano, ya nos conoces el ano” comentarios todos que demuestran cuanto cuidan los hombres esa parte de su cuerpo y como el humor es un excelente catalizador de la ansiedad. Yo descubrí varias cosas: primera, que la posición si la realizas adecuadamente, no muestra el ano, ya que lo cubren las piernas; segunda, que tienes la cabeza pegada al piso, así que aunque lo mostrara no puedes ver el ano de tu vecino de enfrente y, por último, que es muy cómoda, acogedora y de protección para mí misma, (quizá por eso los musulmanes pueden pasar tanto tiempo en esa posición; al menos no es tortuosa como la de rodillas de los católicos). Como algunos no terminaban de acomodarse aproveché para, nuevamente echar una mirada al paisaje que tenía Tunick a la disposición del ojo de su cámara. Parecíamos la mullida cubierta de algún mueble o –como dijo mi mamá- muchos “borreguitos” de diferentes colores (mi madre es de origen campirano y lo anterior fue dicho desde esa perspectiva estética, sin ninguna intención ofensiva). Estábamos ahí con un mismo objetivo, -en un clima de respeto, en igualdad de condiciones- vivir la experiencia y disfrutarla al máximo. Mismo que se mantuvo mientras recorríamos 20 de Noviembre o levantábamos las manos para simular un gran campo de pasto crecido, con diversas tonalidades que iban desde el marrón, pasando por el apiñonado hasta llegar a un rosa blancuzco.
Esta situación placentera cambió de manera drástica cuando fuimos separadas las mujeres y los hombres enviados a vestirse: Spencer no estaba -¿habrá ido por otro rollo?- y sus asistentes no daban ninguna indicación clara. Como lo que hacía “la mano” hacía “la tras”: si alguien se movía provocaba que las demás lo hiciéramos, este movimiento errático me incomodó, así que busqué al asistente, que seguía en la grúa, para solicitarle información clara, que no obtuve. Mientras, los hombres –ya vestidos- habían formado una gran valla que nos observaba a varios metros de distancia, casi de lado a lado del Palacio de Gobierno y la calle 5 de Febrero. Alguna de nosotras preguntó “¿y toda esa gente, qué hace ahí?”. Mi sensación fue pasando de la sorpresa al estupor, además de la vulnerabilidad, ya que la valla se acercaba, porque cada vez más hombres se habían vestido y ubicado en la misma. En mi opinión esto fue un acontecimiento poco afortunado, ya que ellos empezaron a observarnos en una actitud totalmente diferente a la mostrada cuando todos estábamos desnudos, ahora éramos objetos y ¡además a su disposición! Porque sacaron sus celulares y nos fotografiaban. Mi sensación de incomodidad fue creciendo hasta convertirse en franco malestar, mismo que, creo, fue compartido por otras de mis congéneres y que casi al mismo tiempo decidimos salir del grupo de mujeres para dirigirnos al lugar donde se encontraba nuestra ropa, lo cual significaba cruzar la plancha del Zócalo y enfrentar la valla. Traté de unirme lo más posible a ellas, para que pareciéramos un grupo compacto, con mayor protección de unas para las otras. En ese momento encontré a varias de mis amigas y colegas, nos saludamos con un cálido abrazo, piel con piel y comentamos que la situación se estaba tornando complicada y difícil, me preguntaron ¿qué harás? “Yo ya me voy, esto no me gusta, cuídense” respondí. Ellas optaron por regresar con las mujeres, supongo que fue porque la amenaza de los hombres unidos y dirigidos hacia nosotras era realmente imponente.
Yo tuve que decidir entre seguir adelante o retroceder. Hice lo que cotidianamente hago ante un varón que yo percibo como amenazante o con intenciones de agredirme: poner el cuerpo derecho, la frente en alto y la mirada dirigida a nadie, seguí caminando, sin cubrirme, para recorrer la distancia -¡que me pareció kilométrica!- que me separaba de mi ropa, mientras lo hacía, uno de los hombres me fotografió con su celular, con toda la impunidad y falta de respeto posible ¡porque NUNCA me pidió mi autorización! Fue un total abuso de poder y una muestra más de la hegemonía masculina, adornada con un comentario que surgió de la multitud “ahora si nos vamos a enchilar”, usado como sinónimo de “ahora si vamos a tener una erección”. Con la sensación de vulnerabilidad, malestar, incomodidad y enojo traté de rebasar la valla y busqué a mis compañeros, era tal mi estado de ansiedad que no los veía, hasta que uno de ellos me vio, me llamó y extendió su mano hacía mi, como si me rescatara, como si evitara que cayera. GRACIAS MEMO, ESO FUE ESTUPENDO. Así con su respaldo y cuidado llegué ¡por fin! a mi ropa, misma que me puse lo más rápidamente posible, hasta cerrar mi chamarra y quedarme ahí, con los brazos cruzados fuertemente en mi pecho en un intento de protegerme, de cubrirme y de quitarme la sensación de vulnerabilidad. Esperamos a otra de las compañeras, que llegó de la misma manera, pero con todas las demás. Fueron recibidas por un aplauso de parte de los pocos hombres que no formaban parte de la valla y que esperaban, junto a la ropa, a las mujeres con las que habían ido. Les gritaron “bien mujeres”. A estos hombres quiero decirles que no formar parte de la multitud vouyerista que nos amenazaba los hace diferentes ante mis ojos y me permite conservar la esperanza de que podemos coincidir en equidad y no como los otros (los de la valla) que siguen perpetuando patrones de género jerárquicos y opresivos ante nosotras.
Es importante hacernos oír, unir nuestras voces y socializar nuestras experiencias para que Tunick considere la pertinencia de hacer esa separación de género en sus siguientes trabajos.
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