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Profesionistas en Psicoterapia Sexual Integral. A. C.

Reflexión y acción para una nueva masculinidad

Dr. David Barrios Martínez
Sexólogo clínico y psicoterapeuta sexual.
Caleidoscopía, Espacio de Cultura Terapia y Salud Sexual.

En la sociedad mexicana crecientemente observamos a hombres que, hartos ya de los antiguos estereotipos de género y de la carga emocional que para ellos implica seguir esforzándose en ser machos, empiezan a intentar construir alternativas que les permitan salirse de esos viejos esquemas e instalarse en una nueva masculinidad. Sin embargo, la respuesta social del entorno (familia, pareja, amigos, etc) a menudo presiona a los hombres para que esos cambios no sucedan y se perpetúe en lo individual, el machismo de ese varón en particular y en lo social, el viejo sistema patriarcal de los géneros.

Entendido el machismo como un culto a la virilidad que se caracteriza por un afán de los hombres en ser agresivos, dominantes y demostrar una pretendida “superioridad” sobre las mujeres, así como intransigencia y hostilidad hacia otros hombres, tendríamos que reconocer que sigue predominando en nuestra cultura. Históricamente se ha generalizado la idea de la preponderancia del macho y socialmente se le significa como lo opuesto a las mujeres. Si el estereotipo de género de las féminas consagra como atributos la delicadeza, la ternura, la fragilidad, el pacifismo, la vulnerabilidad y la expresión incontenible de sentimientos como miedo y tristeza, entonces el macho tiene que ser exactamente lo contrario: burdo, emocionalmente duro, beligerante, agresivo, resistente y, por supuesto, inexpresivo por lo que hace al temor y al llanto (“los hombres no se rajan y no lloran”).

Cada vez más hombres se niegan a aceptar estas consignas machistas, pues su acceso a la información, su mayor conciencia sobre la iniquidad de género y sus propios límites de resistencia emocional les llevan a buscar afanosamente nuevos caminos que les permitan redefinir su masculinidad, reducir sus tensiones y, sobre todo, mantener relaciones más satisfactorias con las mujeres. No obstante, con extraordinaria frecuencia aparecen gran cantidad de escollos sociales y familiares que dificultan dicho empeño. Así por ejemplo, un hombre que expresa ternura es tildado de cursi y “femenino”, un varón que participa de las faenas domésticas es motejado como “mandilón”, un hombre que le hace caso a su melancolía y que congruentemente la manifiesta llorando, se le dice: “pareces vieja”, quien no acosa sexualmente a una mujer corre el riesgo de que se le considere insuficientemente viril y se le acuse de “no ser hombre”, aquel que no responde a las agresiones de otros hombres “es un puto”.

En nuestra cultura, si un hombre no manifiesta atributos machistas corre el grave riesgo de ser sospechosamente femenino y en la escala de valoración de la vieja masculinidad éste sería el último grado posible en la escala humana. Algunos hombres renuncian al liquidar su propio machismo merced a presiones sociales como las anteriores y otras manifestadas mediante comentarios mordaces, chistes homófobos e incluso ¡las opiniones de algunas mujeres!. Así por ejemplo, son comunes las críticas de la familia de un hombre casado que no domina a su pareja, que contribuye a los quehaceres hogareños y que hace labores de puericultura; son también frecuentes los comentarios adversos que eluden las agresiones verbales de otros hombres o que buscan la conciliación ante la provocación de otros. En terapia, he escuchado a diversas mujeres quejarse de que sus parejas varones lloren o manifiesten vulnerabilidad y a otras mofarse de que un hombre no las fuerce a tener algún escarceo erótico, pues no se espera de él que sea respetuoso y suave en su seducción, sino arrojado e impositivo .Todo lo anterior simplemente confirma que el decadente sistema patriarcal de los géneros sigue permeando toda la cultura e influye decisivamente en el machismo de la propias mujeres.

Sin embargo, no son solo las presiones sociales la que operan como antagonistas del cambio, sino también y sobre todo, la propia resistencia de los hombres a renunciar a algunos de sus privilegios, comodidades y prerrogativas. Hay muchos miedos no reconocidos en estos varones para emprender las modificaciones actitudinales que les van a permitir derrotar su machismo. Obviamente, no alcanzan a darse cuenta de las enormes ventajas emocionales que para ellos representaría transitar hacia una nueva masculinidad.

En los procesos de psicoterapia y sexología que facilito, he podido percatarme de que lo que ocurre a muchos hombres que genuinamente quieren superar su machismo es que se han instalado en la reflexión, pero no pasan a la acción, justamente por los miedos antes aludidos. Para trascender la vieja masculinidad y alcanzar la plenitud de un hombre renovado sin resabios del machismo, no es suficiente meditar en torno a los roles de género típicos e inflexibles, tampoco basta con leer literatura sobre perspectiva de género, pues el paso a una nueva masculinidad implica ante todo acciones específicas que se van realizando en un proceso continuo de reestructuración actitudinal en el que no es necesario que el entorno social derivado del viejo sistema patriarcal de los géneros, desaparezca.

En síntesis: los hombres que, siendo congruentes con su afán de cambio actitudinal en pos de construir una renovada masculinidad, habrán de reflexionar, sí, pero fundamentalmente tendrán que pasar a la acción desplegando toda una serie de actitudes y actividades no sexistas en la vida concreta, poniendo siempre particular atención en lo que necesitan hacer para esta nueva vida con equidad de género y dejando de prestar atención a las presiones del entorno social que a menudo, de manera cotidiana, les convocan a seguir siendo machos.

En mi libro “Resignificar lo masculino ”(Vila Editores, 2003), he planteado un sencillo decálogo que al desarrollarse puede propiciar la vivencia de una masculinidad más completa, liberada, equitativa con las mujeres y otros hombres y que, además, no supone ningún sacrificio sino más bien el rescate de toda una serie de potencialidades que favorecen en los varones una masculinidad no sexista, integrada, igualitaria y plena. Dichas propuestas constituyen antídotos de las presiones diversas que el viejo ideal de “ser todo un hombre” ha impuesto a los varones de distintas generaciones. He aquí este planteamiento:

“Ser hombre y dejar de ser macho”.

1.- Expresa sensaciones y sentimientos.
Cuando un hombre abandona su tradicional inexpresividad emocional y manifiesta libremente sus sentimientos, no solo desarrolla armonía y bienestar, sino que mejora considerablemente sus relaciones con otros seres.

2..-Abandona la agresión.
El varón que “no se engancha” con las provocaciones hostiles, que aprende a conciliar y a evadir la pendencia verbal y física, invariablemente se siente mejor consigo mismo, desarrolla un reconocimiento de su nueva masculinidad y establece vínculos más sólidos con quienes le rodean.

3.- Comunícate emocionalmente.
Otorga mucha flexibilidad emocional el incorporar los sentimientos a los estilos de comunicación, pues la vivencia deja de ser parcial y permite desarrollar una inteligencia intuitiva y sabia, al propio tiempo que se amplía la posibilidad de empatizar mejor con las mujeres.

4.- Trata igual a los hombres que a las mujeres.
Al pasar de la reflexión a la acción, resulta esencial el trato equitativo a las personas, independientemente de su género. Tradicionalmente existe un trato diferencial que minimiza la participación femenina. Se propone un trato idéntico, siempre respetuoso a las mujeres y a los hombres en la casa, la calle, la escuela, el trabajo y todos los ámbitos.

5.- Acepta y comparte la independencia femenina.
El varón que no se suba al tren del desarrollo social de la mujeres, admitiendo y compartiendo su autonomía, estará irremisiblemente perdido en este siglo XXI. Por el contrario, los hombres que asuman el riesgo de avanzar junto con las mujeres hacia la equidad en la diferencia, disfrutarán de los beneficios de esta audacia.

6.- Rompe con el papel de macho
Cuando propositivamente un hombre realiza acciones concretas que le hagan salir de la convencionalidad machista, disminuye su tensión y se siente mejor. Algunos ejemplos concretos: dejar de festejar chistes misóginos, homófobos y discriminatorios hacia la condición femenina, asumir concientemente (y llevarlas a la práctica) actividades que los machos consideran que “no son de hombres”, desplegar afectividad y ternura hacia las hijas e hijos, responder pacíficamente, con cordialidad y con firmeza a las provocaciones de otros hombres, etc.

7.- Cambia tu estilo de relación de pareja.
Al deponer la agresividad, la imposición y la aparente indiferencia afectiva en sus vínculos de pareja un hombre obtendrá enorme seguridad, su comunicación se tornará fluida y honesta, la mujer u otro hombre con el que comparta su vida le valorará satisfactoriamente.

8.- Modifica actitudes en el trabajo y la vida cotidiana.
Para una nueva masculinidad es indispensable eliminar el acoso y el hostigamiento sexual hacia las mujeres, los tratos discriminatorios hacia ellas y el verlas como “minusválidas”. También es importante reconocer los méritos y atributos laborales y sociales de las mujeres, que a menudo son escatimados.

9.- Transforma tu vida erótica.
Dejar de lado la ansiedad, la urgencia de penetración, las brusquedades y adoptando un erotismo más sutil, pasional y amplio en cuanto al repertorio, ayuda a mejorar la relación afectiva y contribuye a superar algunas disfunciones eróticas como la eyaculación precoz y la disfunción eréctil de origen psicológico.

10.- Participa en actividades promotoras de más cambios.
Hemos visto que los hombres que participan en terapia, cursos, talleres y grupos de crecimiento y de educación no sexista, dan pasos agigantados para derrocar su machismo y avanzar hacia una nueva masculinidad.

Concluyo:

La vieja masculinidad y el machismo otorgan algunas ventajas y privilegios a los hombres; aun si estas no fueran absolutas, significarían una profunda injusticia hacia el otro género. También los hombres acarrean muchas consecuencias negativas derivadas del sistema patriarcal de los géneros. Sin embargo, cada vez más hombres hacen conciencia de esa inequidad y de su propio sufrimiento derivado de soportar la pesada carga emocional y social que le obliga a cada uno a ser “todo un hombre”. Si bien la reflexión al respecto es importante y constituye el primer paso para el cambio, esta no es suficiente. Es menester, para la consecución de una nueva masculinidad, que los hombres concientes de la iniquidad de género pasen a la acción mediante actos concretos, cotidianos, que en la práctica representen un cambio efectivo. Lo demás, son sólo palabras.



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